domingo, 31 de enero de 2010

Más que papel, hojas, lápiz y palabras ~


Mi vida se basa en letras, palabras, lápiz y papel. Convino letras y las convierto en palabras, las apunto con mi lápiz y se plasman en mi papel. Mi mundo se basa en la más bella de las artes, mi mundo se basa en dejar fluir mis ideas, sin importar lo que puedan herir estas a los de mi entorno, sin importar lo que puedan pensar los demás. Cuando estoy en compañía de mi soledad mi alma se expresa con facilidad, la luz que no llega a mi vida llega cuando estoy con mi único amigo. Soy feliz cuando me expreso, soy persona cuando recito, soy mujer cuando escribo. Y, sobre todas las cosas, soy escritora porque lo vivo.

Mundo ninfafantastico.

Las ninfas Oréades habitaban en uno de la montañas más conocidas de la Grecia antigua, dicha montaña era conocida porque todo el pueblo griego sabía quienes habitaban allí. Los dioses y las brujas eran los únicos seres vivientes que conocían en qué lugar exacto habitaban las Oréades. Muchos dioses se tomaban parte de su tiempo para subir a la montaña y así pedir la mano de alguna ninfa, siempre había alguna que aceptaba. La belleza de las ninfas era envidiada por las brujas cuyas vidas eran miserables, pues poseían una mala fama, por así llamarla entre aquel mundo donde tan solo debía reinar la paz y la armonía entre esos tres tipos diferentes de seres. Además de seres mitológicos, en aquella Grecia antigua habitaban también personas que no poseía ninguna característica especial, aquellos que desconocían que en el mundo existía la magia, aquel preciado bien que muchos creían ficticio. Los dioses no se mezclaban con estos, más las brujas vivían como ellos pues sus poderes se debilitaban por una extraña razón, desconocida tanto como para ellas y para el resto del mundo, la adorables y pacificas ninfas no poseían nada en contra de aquellas personas que ellas consideraban especiales, por esa razón los conflictos entre las ninfas y los dioses eran provocadores por “los seres especiales”. Las ninfas, además de poseer una belleza envidiable, también se caracterizaban por ser seres pacíficos, que no buscaban la guerra y que siempre arreglarían los problemas a través del dialogo. Pero siempre estaba ese algo, o alguien, que marcaba la diferencia, una diferencia pequeña que con el tiempo podía convertirse enorme. Ese era el caso de Circe, una ninfa dotada de poderes curativos, capaz de salvar a cualquier ser de la más terrible de las enfermedades, sobre todo a los seres del bosque, los animales, las platas y a sus demás hermanas ninfas. Circe actuaba como lo haría cualquier otra ninfa, o eso parecía.

El sol ya podía apreciarse a través de las nubes que ya comenzaban a dispersarse. Las ninfas mayores ya habían salido a buscar frutos secos por el bosque. La ninfa Circe era una de ellas. Esta caminaba con paso danzarín en busca de alimentos. Sus cabellos dorados parecían bailar en la misma dirección que golpeaba el aire, su sonrisa juvenil continuaba clavada en sus labios. Una especie de sexto sentido le hizo detenerse en seco. Miro a su alrededor por pura inercia, podía sentir la presencia de algo oscuro, algo maligno más sus cristalinos ojos no era capaces de apreciar de que se trataba.

-¿Circe?- Un escalofrío corrió por la espalda dorsal de la aludida. No era capaz de mover ni un solo musculo, sentía miedo y desconfianza hacia aquel ser que lograba poner sus pelos de punta.

-¿Quién anda allí?- Su voz era temblorosa, podía notarse fácilmente el miedo que recorría cada rincón de su cuerpo, le miedo aumento en cuanto sus ojos se toparon con unos negros y profundos, llenos de horror y maldad.

-Me alegra mucho encontrarte, no te haces uno idea de lo mucho que me costo, pero estas aquí que es lo importante. –La voz de la emisora sonaba entre la ironía y la sinceridad, la ironía con la que cargaba sus palabras era exagerada. Sus ojos negros no perdieron el contacto visual con los de la rubia. Dio un paso hacia delante acercándose a Circe, más esta ultima dio un paso hacia atrás casi por acto reflejo. – No tengas miedo. Solo quiero pedirte un pequeño favor, que no te costará nada. – Mentira. Esa era la primera de muchas mentiras que soltaría la bruja, mejor conocida como Sara, durante mucho, mucho tiempo. Sara, a diferencia de muchas brujas, poseía un aire diferente a lo que realmente era, su físico era atractivo, no más que el de una ninfa, pero si más que el de una bruja como ella. Podría ser atractiva, pero en su rostro podía reflejarse claramente el tipo de persona que era, despiadada, vengativa, orgullosa… podría describirse con miles de adjetivos, peor todos llevarían a lo mismo.

-Claro. Te ayudaré, si puedo.- Una ninfa siempre actuaría de la mejor forma, aunque se tratase de su peor enemigo, formaba parte ellas ser como eran. Totalmente diferentes a las brujas, más Circe era ese caso especial. Sara rodeo los ojos.

-Tan cortes como el resto de tus hermanas. No me sorprende. –Bisbiseo con indiferencia.- ¿Serías tan amable de venir conmigo?- Una media sonrisa falsa se dibujo en sus finos labios.

-Depende del sitio y el para qué.- Contesto la rubia sin mostrar esta vez ningún signo de timidez. Sara, por su parte, había dado largas zancadas hasta posicionarse frente a su acompañante. Su mano derecha se aferro al cuello de la desprotegida ninfa.

-Vendrás conmigo, no te quejarás y me obedecerás, ¿te queda eso claro mi ninfa favorita?- La mano contraria a la que sostenía el cuello de la muchacha, subió hasta su cabello y lo acaricio. No intentaba ser dulce ni mucho menos, sabía cómo intimidar a la rubia y lo estaba logrando. Unas lagrimas de horror, miedo y tristeza sobre lo que pudiera suceder, se escapo de los ojos de la ninfa. Hacer a una ninfa llorar era fácil.

Sara no espero respuesta. Con un simple chasquido de dedos, ella junto con Circe desaparecieron del bosque, dejando tan solo esa aroma a horror que solo las ninfas podían percibir, y cuando lo percibían eso solo podía significar problemas.

{...}