viernes, 11 de marzo de 2011

Él.

Aquella sonrisa áspera se volvió a posar en sus labios finos, pero más que una sonrisa, era una mueca, una mueca que no supe describir. Quizá no se trataba más que de uno de sus gestos extraños e incomprensibles para mi persona, o quizá, solo quizá, si era una sonrisa de verdad. De esas sonrisas que eran tan escasas en él que no sabía exactamente cómo reaccionar cuando se formaba esa extraña curva en sus labios. Y perdía totalmente la razón y mi enojo se esparcía entre el humo que se escapa por su boca cuando hacia aquello, ¿por qué tenía que ser tan él? Sí, porque no existía ninguna otra palabra para describirle, era solo él, nada más. Con su montón de enredos y de excusas que terminaban llevándome a la cama. ¿Era yo demasiado débil? ¿O era él demasiado tentador? Fuese como fuese, quería que continuara embriagándome con su olor a perfume caro, no quería tener que perder de vista aquella mirada verdeazulada que la vida le había concebido. Que aunque dijera qué quería que se fuera… no quería perderle del todo. Esa pequeña parte de mi se había hecho dependiente de él. Si no estaba él ahí, conmigo, engatusándome con sus palabras, con sus miradas, con su aliento a cigarrillo, con su sonrisa, con esas muecas indescriptibles, con su olor a hombre mimado… sin todo eso, mi corazón no funcionaba como debía. Mi vida se vaciaba de repente y se transformaba en una desdichada cuando le veía alejarse por el callejón en dirección al metro. Esos momentos juntos merecían la pena, pero al irse, al verle macharse, esos momentos vividos juntos se hacían pequeños e insignificantes, el enorme pozo de agua que se había llenado con pequeñas gotas de lluvia, que correspondían a cada momento juntos, se vaciaba; ese vacío que era tan mío. Y mi corazón lloraba sin cesar cada noche después de su marcha, mientras yo me retorcía entre las sabanas de la cama intentando embriagarme con el olor que permanecía entre ellas, intentando así sentirle cerca, haciéndome creer a mi misma que estaba a mi lado. Pero mi mente no era tan manipulable como mi débil corazón, y sabía que él no estaba, que debía esperar una semana más para volver a tener cerca de verdad. Para tener que verle otra vez y decirle: “No, no te quiero, lo nuestro es solo diversión, lo sabes.” Teniendo que mentirle una y otra vez, porque no tenía el coraje de gritarle que le quería, que le necesitaba, que mi mundo era él y ya nada importaba si a mi lado él no estaba.