domingo, 28 de febrero de 2010

Capítulo I: El origen del problema.


La época de la Alemania nazi, fue un tiempo que plasmo el camino que debía seguir la familia Wender y que hasta hoy en día se sigue manteniendo. Arnold Blaz Wender, fue un joven fiel al partido nazi, al cual perteneció desde temprana edad. Para él significaba algo más que un simple trabajo o una forma de vida. Un hombre que subió el apellido Wender hasta la gloria, pero también fue quien lo ensucio. A mediados de 1944, el joven Arnold de veintisiete años se hallaba en un campo de exterminio ubicado en cercanías de Dachau, Alemania, donde la cantidad de judíos y gitanos parecía interminable. Arnold se encargaba de dar gritos y ordenes a los prisioneros que no podían con sus almas. Eran seres moribundos, malditos a vivir una vida sin ningún tipo de sentido, acusados injustamente, todo por el simple hecho de ser diferentes en un aspecto sumamente mínimo. La situación de estos era inhumana, tenían derechos y deberes, como todos los demás, pero eso no cabía en la cabeza de aquellos hombres que los maltrataban e insultaban, creyéndose superiores al resto del mundo, más eso en aquel tiempo no importaba, nada importaba, tan solo la obediencia de aquel hombre a quién muchos idolatraban, como el caso de Arnold, al cual le brillaban los ojos con tan solo estar en la presencia de aquel susodicho, quería ser como él, así de grande y respetado, dominar el mundo y que todos estuvieran a sus pies, no quería ser Dios, pues no era religioso, solo quería ser recordado eternamente.

En la compleja personalidad de Arnold, entraba aquella característica tan común entre los hombres, era mujeriego, como ningún otro, sádico, adicto al sexo tanto como a la muerte. Deseaba a las mujeres y no las veía como ninguna otra cosa útil, sino más que un simple objeto, como el resto de los hombres pertenecientes al partido nazi. Fue la sed de sexo lo que llevó al alemán a su propia tumba. Una noche mientras nuevos judíos llegaban al campo de concentración, Arnold se encargaba de que cada uno siguiera el camino a su “nuevo hogar”. Estos judíos eran diferentes, pues eran de aquellos que se escondían y lograban estar más fuertes, o al menos una centésima más que el resto. Los ojos de Arnold se clavan en las mujeres, seguía las curvas de cada mujer y saboreaba sus labios con cinismo. Se suponía que no debía sentir ninguna otra cosa hacia aquellos seres más que asco, pero el depravado sexual de Arnold vela siempre por sus propias necesidades, por ello en ese preciso instante, mientras los judíos caminaban soltando jadeos, el alemán tomo con fuerza a una de las mujeres y la lanzo al suelo, sin motivo aparente comenzó a azotarla, los aullidos de la mujer pulsaban en los oídos de cada uno de los presentes, nadie dijo nada, los prisioneros solo la miraban con tristeza, sabían que si hacían algún movimiento ellos terminarían igual.

La mujer quedó inconsciente, y eso era lo que Arnold buscaba. La arrastro como si se tratase de un animal hasta una de las cabañas donde descansaban los jóvenes pertenecientes al partido. Por su mente, mientras esperaba que la asquerosa judía despertara, pasaron millones de ideas de cómo acabar con su vida luego de violarla, la haría sufrir por mera diversión, y por ser tan afortunada. Observo su rostro demacrado. El sufrimiento podía divisarse fácilmente. Aparentaba unos veinte años, no mucho más de eso, pero a causa de los golpes que le había propinado el alemán, aparentaba muchos más, Arnold no se fijaba en eso, tenía su total atención en la perfecta forma de sus labios, en aquel cabello castaño oscuro, los rasgos de su cara y esa piel quemada por el sol intenso. Unos ojos claros le acusaron con la mirada, la joven había despertado y en ella no había ninguna señal de miedo ni nada parecido, todo lo contrario parecía estar demasiado segura de sí misma, esa actitud que se notaba en ella altero a Arnold, quiso matarla por el simple hecho de mirarlo con aquella superioridad. El alemán apretó su mandíbula y sin perder tiempo alguno se abalanzo sobre ella. La toco, la beso, la golpeó, más ella solo gritaba de asco. Era demasiado lista, por lo que dejo que Arnold hiciera con ella lo que deseara, si se negaba sabía que moriría más deprisa. Hubiera preferido morir antes de vivir aquello, pero tenía motivos para vivir, para salir adelante y superar aquella etapa.

El tiempo se hizo eterno mientras él seguía sobre ella.

Arnold, por su parte sabía que debía parar, si alguien entraba y lo encontraba violando a una judía se iría al mismísimo infierno antes de tiempo. Sus ojos verdes se cruzaron con los de ella. Algo estallo en ese instante. No fue una bomba, fue la conexión instantánea que hubo entre ambos, no era amor, era asco del uno por el otro. Ambos veían al contrario como un animal, un error de la naturaleza, algo que no debía existir, algo que debían eliminar con sus propias manos, eso fue lo que les unió, más la pequeña semilla que crecería con el tiempo en el útero de la judía.

La judía –cuyo nombre Arnold jamás se preocupo en preguntar-, juró que jamás contaría a nadie aquello, a cambio de que Arnold lograra que ella saliera con vida de aquel campo de exterminio. Ella había sido la primera mujer capaz de dar órdenes al alemán, y que este las acatara. No le había amenazado con contar lo que le había hecho, estaba más que claro que nadie creería en su palabra. La palabra de una judía contra la de una nazi, era demasiado claro a quién creerían. La judía tomo una forma mejor de amenazarlo, en cuanto se dio cuenta de lo que crecía en su útero. Arnold, cometió un enorme error al creer en las palabras de la judía, esta era demasiado manipuladora, casi tanto como Wender, por ello Arnold la había subido en un pedestal en el campo de concentración, mintiendo a todos el resto de soldados, estos pensaban que ella estaba allí por un simple error y que no era judía, pero que debía permanecer allí por la seguridad de todos ellos, pues no querían ni imaginarse que les harían sus superiores en cuanto supieran que habían cometido un error. Todos se tragaron la mentira, excepto el resto de prisioneros, que sabían claramente que era una mentira.

Treinta de abril de 1945. Día en el que la muerte se llevó al hombre más despiadado que pudo a ver existido sobre la faz de la tierra, más ese mismo día la vida trajo al mundo a una criatura indefensa que jamás había pedido vivir, pero que había venido en el momento indicado. Tres días más tarde, Arnold escapo con la madre de su hija y aquella pequeña, a tierras italianas, donde Arnold pretendía dejar a la judía junto con su hija para que llevaran una nueva vida, pues él debía volver a su país natal a dar la cara ante sus problemas. La judía lo dejo ir sin ninguna queja, sabía que este tarde o temprano moriría, y ella se encargaría de acabar con la vida de la familia de aquel hombre que le había arrebatado la dignidad. Esta se había encargado de averiguarle la vida mientras estaban juntos en el campo de concentración, había logrado recaudar cada mínimo detalle de su vida para acabar con cada uno de los miembros de la familia Wender, y si no lograba acabar con todos se encargaría de que su hija lo hiciera, y que esta se encargara de que su hija hiciera lo mismo.

La judía se hacía llamar Aizele, esta fue quién acabo con los dos hijos que poseía Arnold, murieron a la edad veintisiete años y el siguiente de treinta. Mató a ambos de la forma más rápida posible, pues si algo no haría era hacer sufrir a nadie como lo había hecho Arnold con millones de personas. La pequeña niña que había sido engendrada por error recibía el nombre de América, quién volvió a Alemania con su madre a los cuatro años, fue esta quién acabo con los nietos de su propio padre, que para ella vendrían siendo sus sobrinos, a una edad de madures. América, tan solo logro tener una hija a causa del mal temperamento que le provocaban los hombres. Aún así, esta siguió la tradición de su madre y formo a su hija para que un día acabara con la más reciente Wender que rondaba por el mundo. Hija de Leopold Wender, hombre al que América había matado a mano fría. Alice Wender, madre de Günter Noris, casada con un importante mafioso, Leonis Noris. La hija de América, Lucía, tenía dieciocho años de edad cuando se infiltro en la casa de los Noris. El reloj en su muñeca marcaba las cuatro con treinta de la madrugada, la misma hora en la que ambos padres se despertaban todos los días para asegurarse de que su hijo siguiera dormido y de que no había infiltrados en la mansión, puesto a que eran diarias las amenazas que asechaban aquel hogar, y debían asegurarse de que su único hijo no se percatara de aquello. Lucia tenía el plan marcado en sus cavilaciones: entraría por la ventana de la habitación del hijo de los Noris, se escondería detrás de la puerta y en cuanto ambos susodichos entraran profanaría un disparo en la cabeza de ambos. Lucía dejo un detalle a cabo suelto, no tomo en cuenta la sensibilidad del oído del niño Günter que dormía, este despertó en cuanto sintió los pasos de aquella descendiente judía. Sus ojos verde oliva se abrieron en la oscuridad que inundaba la habitación y diviso a una figura postrada sobre la pared continua a la puerta. Fue en ese momento cuando sus padres entraron, el niño de diez años, sin saber que hacer se sentó en la cama y señalo detrás de sus padres, pero era demasiado tarde para que sus padres notaran la presencia de esa mujer. Primero la madre, luego el padre. El pequeño estaba seguro de que él sería el próximo pero no fue así, la mujer lo observo con desfachatez y se fue por donde vino. El pequeño le resto importancia a la mujer y observo a los cuerpos muertos de sus padres, no supo qué hacer. Quería gritar, pero se había quedado mudo por unos instantes. Quería llorar, pero había olvidado cómo hacerlo. Quería salir corriendo detrás de la mujer y preguntarle por qué había matado a sus padres, pero tenía miedo.

viernes, 19 de febrero de 2010

.


La vida va más allá de la razón.
La vida no solo se basa en la razón.
La vida se base en amar, luchar y sobre todo vivir.
¿Cómo vivir? Luchando y amando.
Bajando un escalón para luego subir el doble.
Sonriendo cuando hay que llorar y llorando cuando hay que sonreír.
Sin necesidad de ver el pasado, solo pensando en el presente.
Pensando en ti, antes que en los demás.
El egoísmo forma parte de vivir.
Vivir amando, vivir luchando.
Luchando para vivir, y amando para seguir.

Soñar, volar, reír. {...}


Mis ojos piden a gritos que deje que las lágrimas broten a través de ellos, tan solo piden que los libere. Más yo me niego. El mundo en el que las lágrimas y las tristezas se volvían diarias en mi vida, ya llego a su fin. Me canse de ser la débil que necesita siempre apoyo de los demás. Me canse de ser la nena indefensa e insegura. Ya nada de juegos infantiles. Llego el momento de crecer, de convertirme en una mujer con independencia, en ser lo que siempre he querido ser. Ya es hora de vivir la vida que quiero vivir, sin pedir permiso a nadie, o de esperar a nadie para cumplir mis sueños con ella, eso se acabo. No necesito la lealtad de nadie para poder ser lo que voy a ser. No necesito ni tu apoyo, ni tu comprensión. Es el momento de madurar, de dejar la niña atrás y darle paso a la mujer. Esa mujer llena de sueños, metas, ilusiones, ganas de aprender, de soñar, de vivir… Quiero ver con en diez años, un día veo hacía atrás, y sonrió al ver todo lo que he cumplido, ver que he pasado por dificultades y un millón de obstáculos en mi camino, pero que al final, lo logre, como lo soñé, como YO lo desee.