miércoles, 17 de marzo de 2010

Su primera vez.

-¿Qué es eso?- Una voz masculina arribo a los oídos desgastados de la mujer. Esa voz que había perdido toda la armonía y la paz que en su momento tuvo. –No me hagas volver a preguntártelo, abuela. – Günter estaba molesto, demasiado molesto. Su abuela le desobedecía igual que el resto de las personas y no estaba dispuesto a seguir tolerándolo. –Una carta.- Contesto la abuela con firmeza, pues ella no se callaría ante las amenazas de un joven malcriado que solo quería ser el centro de atención. –Una carta del director de tu escuela.- Con aquel porte de elegancia, se puso de pie quedando cara a cara con su nieto, enfrentándose a aquellos ojos que todos temían, cosa que no se explicaba. ¿Qué podían tener de temerosos los ojos de un adolescente que solo mostraban temor y tristeza? Eso era lo único que ella era capaz de ver, pues era lo que Günter deseaba que ella viera, como hacía con el resto de las personas. Su abuela era la única persona que no notaba la clase de joven que había criado. -¿Y qué zarpada de mentiras te cuenta esta vez?- El moreno se encamino por la biblioteca abarrotada de libros, con un alto techo, con ventanas altas cubiertas por cortinas color marrón madera, con cuatros de cada uno de los miembros masculinos de la familia Noris, muebles a juego con las cortinas y aquel olor a detergente caro. –No me habías contado que hoy estuviste con el psicólogo de tu escuela, cariño. –La abuela evadía las preguntas del joven pues no tenía intención de contar sus asuntos personales con su nieto. Pero estaba muy equivocada si creía que con eso despistaría a Günter, las carcajadas de este mismo resonaron en las paredes de la habitación. –Sí abuela, he estado hoy con un hombre que no se gana el dinero de una buena forma. Lamento informarle que ese colegio da cada día más pena con la clase de empleados que tiene.- La abuela introdujo la carta en su bolsillo mientras escuchaba con atención las palabras de su acompañante. –Qué raro se me hace escucharte decir eso, pues eras tú el que estaba empeño en estudiar allí hace mucho tiempo atrás. ¿A qué se debe ese repentino cambio?.- La vieja alzo una de sus cejas en señal de duda y poso sus manos sobre su regazo. –Usted lo ha dicho. Es mucho tiempo para que un adolescente cambie de opinión, ¿no lo cree usted? Además de que justamente venía a hablar de ello, pero veo que tendré que dejarlo para luego. Permítame ver la carta.- Dio un paso hacia delante y estiro la mano, esperando que su abuela dejara la carta sobre esta. – Por favor.- Y su mirada se puso en marcha. Clavo los ojos sobre la mirada de su abuela y pensó en cosas tristes, cosas que le hacían transmitir la tristeza que se encerraba bajo llave en el fondo de su corazón y que él solo las dejaba salir para manipular a aquella vieja mujer que había hecho todo lo posible para criar a un joven, pero no era cosa fácil. El último segundo de vida de los padres de Günter, fue el último segundo de vida de él. Pues eso era lo que era él, un muerto viviente, mucho pero que un zombi. Su corazón no latía, sus sentimientos se habían esfumado junto con el alma de sus padres, su capacidad de amar a otras personas se hallaba cautiva en el fondo de su ser, su alma había abandonado su cuerpo hacía ya mucho tiempo y no existía forma de remediar todo aquello. El daño ya estaba hecho.

Esa misma noche, las manos del alemán se bañaron por primera vez de sangre. No era la de él y mucho menos la de su abuela. Era de aquel miserable hombre que se había atrevido a descubrir la verdad que se empeñaba a encerrar Günter y que este había descubierto con tantísima felicidad. Y sería imposible explicar la satisfacción que sitió el alemán al escuchar los gritos de suplica de su víctima.

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