lunes, 5 de abril de 2010

Es hora de saber una verdad más, Günter. #

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El joven Günter se hallaba en sus aposentos, a los cuales todo el mundo tenía prohibida la entrada en su ausencia. El porte masculino que había adquirido con tan solo dieciséis años, le hacían aparentar más edad de la que poseía y él se aprovechaba de aquel hecho. Un “tock tock” llego a sus oídos, mientras se perdía en el tiempo y el espacio leyendo un viejo libro que había encontrado por casualidad en la biblioteca de su mansión. – Adelante. – Logro escuchar la hija del ama de llaves al otro lado de la puerta. – Señorito Günter, la señora Wender requiere de su presencia en la biblioteca. – Inquirió la muchacha luego de entrar a la habitación. El joven arrastro su mirada hacia la joven y le sonrió con picardía. – En seguida estoy con ella. – Repuso él mientras su mirada se perdía en el escote de la mujer. A esa edad ya había adquirido aquella obsesión sexual que tenía hacia las mujeres, y aquella niña era una mujer demasiado sensual e irresistible a los ojos del alemán. La niña, la cual tenía más o menos la misma edad que el alemán en aquel entonces, se disponía a retirarse, mas el joven era más rápido que ella. La tomo por el antebrazo, la hizo entrar a la habitación y cerró la puerta tras está. – Amara, ¿qué tal si está noche vienes a hacerme una pequeña visita? – El moreno alzo una ceja y acerco su rostro al de la muchacha, que parecía estar totalmente acostumbrada a ese tipo de acosos por parte de él. Las manos del alemán se cerraban entorno a las muñecas de la chica y descansaban sobre la parte superior de la puerta de la habitación. – Lo siento, no puedo. – Respondió secamente la muchacha retirando la mirada de los cristalinos ojos del alemán. - ¿Es eso acaso un rechazo, Amara? – El joven apretó su mandíbula, su cuerpo contra el de la chica y sus manos alrededor de las muñecas de Amara y, al mismo tiempo, está soltó un gemido de dolor. – Lo siento, Günter, está noche me voy a casa de mi padre. – Y sí se permitía darle explicaciones a él, era por qué a ella también le gustaba pasar noches con él. Le encantaba sentirse deseada por un hombre como aquel, mas ella se estaba enamorando de la persona equivocada. Ella, más que cualquiera, conocía a Günter, ambos eran mejores amigos y amantes adolescentes. Habían crecido juntos aunque de maneras diferentes. – De acuerdo. –Susurro el alemán y dejo en libertad a su acompañante. Tomo su chaqueta por el estreno superior para ponerla en su lugar y quitar las arrugas que se habían formado en ellas; Amara hizo algo similar con su falta y camisa. El rechazo no le gustaba, eso estaba claro, mas sabía las pocas veces que su acompañante podía estar con su padre, en ese aspecto Günter sentía envidia de ella. Ella si tenía padres.

El moreno abrió la puerta de su habitación, pero Amara la cerro y poso su mano sobre la de él. – Te quiero. – Bisbiseo la mujer sin darle tiempo al alemán de responder, pues sus labios se juntaron con los de él. El rodeo su cintura y ella su cuello. La lengua de ambos entro en contacto en la boca del contrarió. Para ella aquel beso significaba amor, para él no era más que eso, un beso. Minutos más tarde de aquel suceso, el moreno se hallaba en la biblioteca, sentado frente a su abuela y tomando un delicioso té que está misma mujer se había molestado en hacer para él. – Bien, abuela, vayamos al grano. Ya está bien de rodeos. – La irritación del moreno podía notarse en su tono de voz. - ¿Para qué me has mandado a buscar? – Una carcajada salió a través de los labios de la abuela Wender. - ¡Qué exasperante eres, hijo mío! Igual a tu padre. – Comento la mujer y seguidamente dejo la taza de té sobre la mesa que yacía frente a ella. – Pueden irse. – Hijo un gesto con la mano hacia los sirvientes que se hallaban en la habitación; y acto seguido, los aludidos se retiraron rápidamente del lugar. – Ya tienes la suficiente edad para conocer un secreto familiar, el cual ha sido descubierto por tu abuelo días antes de su fallecimiento. – Comenzó a decir la mujer con un tono misterioso que le molestaba al joven. – Hace unos años tu abuelo me contó una historia, contaba la historia de una judía y un alemán, ambos habían engendrado a una pequeña, aquel acto había sido un error por parte de ambos. Pero no voy a entrar en detalles. La cosa está en que una judía, descendiente de los Wender, asesina a un joven de su misma generación; es decir, los dos hijos que tuvo tu tatarabuelo Arnold, fueron asesinados por la judía con la que había estado Arnold, está mujer recibía el nombre de Aizele. La niña que Arnold y Aizele engendraron recibía el nombre de América, fue está quien asesino a los nietos de su propio padre que eran sus sobrinos, uno de ellos era tu bisabuelo. ¡Ya puedes imaginarte de la clase de personas que te estoy hablando! – La mujer alzo un poco la voz a causa de indignación. - La hija de América, asesino a tu abuelo Leopold, quien se quedó sin padres a una temprana, al igual que tú. La mujer que mato a tus padres se llama Lucía, ¡la muy desgraciada aún sigue ensuciando el mundo con su presencia! –El moreno entendía todo, no era tonto, sabía que el próximo en la lista era él. – Por ende, tú eres próximo. La cuestión está en que tú tienes ventaja, pues sabes la verdad. Tú abuelo fue quien lo descubrió todo, pero muy tarde he de admitir. – Él joven estaba sereno, tranquilo y despreocupado. No tenía miedo, no había razón para tener miedo, era una judía, una asquerosa judía, cuya familia se había encargado de destruir a su familia. Ella pagaría, junto con lo que le quedaba de familia y él se encargaría de ello. – Bien, ¿Y cuál es el nombre de la susodicha? – Pregunto enarcando una ceja. – Circe Van Lacke. Carezco de cualquier otro tipo de información. – Se encogió de hombros. – No hay problema abuela. Solo una cosa más. – Inquirió antes de retirarse de la habitación. - ¿Qué pretende usted que haya yo respecto a esto que me acaba de informar? – No es que fuera a obedecer las peticiones de su abuela, pero quería saber su opinión respecto al tema. – Protegerte, cuidarte y mantener a la familia Wender. – El joven rió a carcajadas falsas ante el último comentario de la mujer. – Me retiro a mis aposentos, abuela. Con su permiso. – Eludio los gesto que hacía su abuela para intentar detenerle y se marcho a su habitación. La mujer se había quedado indignada ante la actitud tan despreocupada que tomo su nieto ante la situación, parecía no importarle en absoluto. Pero si le importaba. ¿Cómo no importarle? Tan solo que él se tomaba las noticias como esas a su manera. Él daría fin aquel problema tarde o temprano. Nadie sentía más odio que él en su interior, aquello era una ventaja en casos como estos.

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