
Günter, ¿a quién has matado? #
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Las manos del moreno se hallaban abarrotadas de sangres al igual que sus ropas. Sus ojos brillaban, y el morbo que recorría su interior era tan satisfactorio para él que no podía explicarlo, era como una especie de placer, pero mucho más placentero que cualquier otra clase de placer por el que hubiera sido sometido antes. El sexo se quedaba corto ante aquel momento.
Se había comportado como una bestia a la hora de acabar con la vida de aquel hombre, el cual era el director de la escuela de magia a la que asistía. Y como muestra para él mismo, de que había acabado con la vida de alguien y que no se trataba de un sueño, había extraído el ojo derecho del hombre de su cavidad, tan solo necesito la fuerza bruta para lograr su cometido. Quemo el cuerpo luego de torturarlo y las cenizas las esparció por la entrada de la escuela de magia. La magia le fue de gran utilidad para realizar aquel acto maquiavélico. Pero el acto ya estaba hecho, ahora tan solo tenía que deshacerse de sus ropas y actuar con naturalidad e intentar deshacerse de ese brilló que el mismo era capaz de visualizar en sus ojos. ¡Mas era frustrante que esa niña vigilara cada uno de los pasos del alemán! Que no se fuera a la cama hasta que Günter, su Günter, llegara a la casa, hasta que él estaba profundamente dormido ¿Debería considerarse eso una especie de obsesión por parte de ella? ¡Pues sí! No podría tratarse de ninguna otra cosa.
-¿Qué has hecho, Günter?- Pregunto Amara con un gesto de temor en su rostro al ver el aspecto del moreno. El moreno bufó y subió las escaleras de piedra que conducían al piso superior y, como era de esperarse, Amara le siguió. El moreno cerró la puerta de habitación y puso el seguro, seguidamente se despojo de su vestimenta y se dispuso a darse una ducha rápida, pues el cansancio ya había llegado a su anatomía. Cuando el sol saliera vería la forma de deshacerse de la ropa manchada de sangre. Dejo el ojo sobre la cama y entro a la ducha. Por otra parte, Amara bajo hasta la cocina, donde su madre guardaba la llave de todas las habitaciones de la mansión, por lo que podía suponerse que la cantidad de llaves era interminable, la diferencia estaba en que Amara conocía la llave que pertenecía a la habitación del alemán, no era la primera vez que invadía su morada. La joven tomo la llame y subió a la habitación del joven, abrió la puerta y lo primero que vio fue el ojo del director de Günter en la cama. Sus ojos se abrieron como platos, pero se guardo ese grito que le temblaba en la garganta. Cerró la puerta detrás de ella y permaneció allí, quieta, hasta que su amado saliera del baño.
Minutos más tarde la espera de Amara culmino. El joven alemán salió del baño; una simple toalla rodeaba su cintura y le cubría más abajo de sus rodillas. Las gotas de agua caían a través de su cabello castaño oscuro. El aroma masculino que desprendía su colonia invadió hasta los más impenetrables rincones de la habitación. Y todo aquello hizo olvidar a Amara el motivo de su espera; él era tan perfecto para ella, que era capaz de olvidar todas las acciones incoherentes que él hacía con tan solo verle, pues sus ojos verdes azulados mostraban a ese niño del que ella un día se había enamorado eternamente. Dulce y asqueroso a la vez. Los pequeños cabellos que caían sobre la nuca del moreno se erizaron, tubo esa sensación de que alguien estaba observándole. Miro sobre su hombro y allí estaba ella, rígida como una piedra, clavando los ojos en él. Günter fue capaz de ver ese miedo que se escondía tras la fachada de niña inocente. – ¿Günter, que has hecho? – Pregunto ella casi a gritos en cuanto aparto la mirada del alemán y observo por error el ojo que descansaba sobre la cama de este mismo. - ¿Qué haces en mi habitación? ¿Qué te he dicho de entrar sin mi permiso? – El alemán enarco una ceja. – ¡Te he hecho una pregunta! – Emito ella y él se dispuso a buscar ropa en su armario, no tenía ganas de discutir, todavía no. – No hace falta que grites. – Sereno y calmado. Extrajo de una de las gavetas una camisa y un pantalón de dormir. - ¿A quién has matado? Al director. – Ella misma respondió a su pregunta y se llevo una mano a la boca sorprendida. - ¿Cómo has podido? – El alemán ya estaba llegando a su límite ¿Cómo es que ella sabía todo aquello? ¿Le había estado siguiendo durante toda la noche? O… - Has leído mis diarios. ¿Cómo te a través a tocar mis cosas? ¿Cuántas veces te he dicho que no entres a mi habitación en mi ausencia? ¿Cuántas veces he de decirte que no te metas en mi vida? – el pantalón ya había llegado a su cintura, mas su pecho continuaba desnudo. Dio un par de pasos hacia ella y clavo su mirada asesina sobre la de ella. Sus ojos chispeaban fuego y veneno a la vez. – ¡Eres un miserable! Eres un maldito miserable, eres un cabrón. ¡Cerdo, animal! – La muchacha apretó su mandíbula al igual que sus puños, tenía ganas de partirle la cara a Günter, ¿Cómo podía ser tan insensible? ¿Por qué había matado a ese hombre? ¿Qué era lo que hacía su vida tan miserable para que actuara de tal forma? – Y si soy tan miserable y cabrón soy ¿qué haces metiéndote en mi vida, poca cosa? ¡No me hagas perder los estribos contigo, Amara! Te obligo a que me respetes. – Comenzó a decir el alemán. – No eres quien para hablarme de esa forma, no eres más que una empleada del montón, por ende debes respetarme. Soy superior a ti en todos los aspectos. – La joven, por su parte, no pudo evitar que las lágrimas cayeran por sus mejillas sonrosadas. ¿Cómo podían decirle esas cosas después de todo lo que habían vivido juntos? Quería mandarle a la mierda y no verle más nunca en su vida. Quería dejar de sufrir por su culpa. Pero no podía, el amor que sentía por él iba más allá de la razón, no podía dejarle solo, porque ella más que nadie, sabía el porqué de esa personalidad tan escrupulosa que se había formado el alemán por la fuerza. No podía dejarle, ella sufriría sin él y él igual, tan solo que él sufriría de una forma diferente. El alemán respiro hondo al ver que Amara no daba señales de respuesta. Se volvió hacia el ojo, lo tomo y lo guardo en un gran cofre que se haya al pie de su cama, en el cual guardaba aquellos artefactos que era de su importancia; se retiro del cofre y se volvió hacia la ventana, se mantuvo de pie allí observando la oscuridad que inundaba al jardín trasero. - ¿Me dirás que has hecho? – Amara camino hasta él y su mano cálida acaricio el hombre de su compañero, con la mano contraria limpio los resto de lágrimas que quedaron en sus mejillas. – No. Luego lo lees en mi diario, con lujos y detalles. Seguro que será más entretenido – La ironía parecía salir de forma gaseosa a través de sus labios. – No, no lo será, me aburre leer lo sabes. – Una carcajada salió a través de sus labios. – No intentes arreglarlo. – El joven la miro enarcando una ceja. – Günter. Tienes que superarlo. – Mordió su labio inferior y sostuvo la mira del aludido, este la miro confuso. - ¿Superar, qué? – Amara respiro profundo, pues sabía que con eso solo empeoraría las cosas, mas no podía quedarse callada, ¡no podía callar sus pensamientos! – La muerte de tus padres. – El joven soltó una carcajada ante tal comentario, ¿superar la muerte de sus padres? Ya lo había hecho. – Tú no entiendes nada, niña. La muerte de mis padres ya está en otro capítulo, no tiene importancia en mi vida, ¿qué te piensas? ¿Qué actuó de tal forma por la ausencia de mis progenitores? Que equivocada estás. – Su mirada se clavo en el reflejo de su rostro en la ventana y negó con la cabeza. – Deja de meterte en mis asuntos, o terminaré lastimándote aún más. – Ella negó con la cabeza y con sus brazos rodeo su cuello logrando quedar cara a cara con él. – No lo harías. – Logro ponerse de puntillas para alcanzar la altura del moreno y de esa forma posar sus labios sobre los de su compañero. – Sí lo haré. – Bisbiseo él sobre los labios de ella, mientras rodeaba la cintura de la chica con sus bien formados brazos. – Que no. – Repuso ella entre risas y se perdió en los labios de su hombre favorito. Ella sí que sabía cómo hacer que el alemán olvidará que estaba molesto con ella, pero no se quedaría así, tarde o temprano volvería a discutir por las ocurrencias del alemán o por la curiosidad y preocupación de la chica. Eran tal para cual.